Después de que el ejército de Estados Unidos de Norteamérica hiciera ondear su bandera en lo más alto del Palacio Nacional comenzó una pesadilla para los norteamericanos pues el pueblo comenzó sin organización alguna a salir de sus casas de los barrios de San Lázaro, San Pablo, la Palma y el Carmen para defender las calles del centro con palos, piedras, machetes y cuchillos y los menos con un fusil o una carabina.
Las bajas fueron numerosas pero los estadounidenses perdieron más hombres en los combates callejeros que los que habían perdido en la batalla de Chapultepec, algunas fuentes estiman que las bajas llegaron a 300. Los enfrentamientos amainaron a la caída de la noche del día 14, pero se reiniciaron a la mañana siguiente y continuaron con variada intensidad a todo lo largo del día; no fue sino hasta el día 16 cuando los que habían disputado el dominio de las calles a los estadounidenses pasaron de la resistencia abierta a las actividades clandestinas, atacando por la noche a los estadounidenses aislados. Y tristemente todo esto pasaba mientras nuestro glorioso ejercicio ya había huido y se encontraba pertrechado en la Villa de Guadalupe. Pasaron varios meses antes de que esos mortales ataques nocturnos disminuyeran y los estadounidenses se sintieran relativamente a salvo en la ciudad.
La distinción de clases una vez más se hizo evidente pues mientras la clase acomodada festejaba y aplaudían la posible adhesión de México a los Estados Unidos de Norteamérica, los menos favorecidos lucharon casi cuerpo a cuerpo por defender su ya humillada patria.


